Mujer Manos de Semilla

Mujer Manos de Semilla: la historia de un colectivo que aprendió a sembrarse a sí mismo

Durante una charla que parecía tan cotidiana como necesaria, tres mujeres jóvenes, todas madres primerizas, todas estudiantes, todas buscadoras de algo que no terminaban de nombrar, encendieron en 2017 la chispa de lo que hoy se conoce como Mujer Manos de Semilla, un colectivo que ha logrado entrelazar crianza, educación popular, activismo y trabajo comunitario durante casi una década. Su historia es íntima y política a la vez, tejida a partir de fragilidades, aprendizajes, proyectos, pérdidas y también pequeñas victorias que, como semillas, germinaron con constancia.

Las fundadoras son Graciela Laura, egresada de sociología; Milenka Sarmiento, licenciada en Ciencias de la Educación; y Nidia Cordero, hoy lingüista. Las tres compartían no solo la experiencia de la maternidad reciente, sino también el deseo de seguir formándose profesionalmente, aunque muchas veces ese camino parecía incompatible con criar a sus hijas e hijos en un entorno de cuidado. Lo que empezó como un espacio de conversación se transformó paulatinamente en un proyecto colectivo, alimentado por la intuición de que la formación y la crianza podían sostenerse mutuamente si se vivían en comunidad.

Un primer proyecto que abrió caminos

El primer gran paso llegó con un financiamiento para trabajar en la alimentación saludable de niñas y niños de kínder y pre-kínder, un tema que preocupaba a las integrantes por el acceso cotidiano de los estudiantes a golosinas ultraprocesadas y productos de baja calidad nutricional. Con el apoyo del programa Micros para Avanzar, Manos de Semilla realizó talleres en unidades educativas en El Alto, dirigidos no solo a las madres, sino también a las profesoras y al personal de apoyo.

La propuesta buscaba algo simple y complejo a la vez: recuperar la conciencia sobre la alimentación como un acto de cuidado fundamental, especialmente en los primeros años de vida. Con recursos limitados, el financiamiento era de 10.000 bolivianos, pero con gran creatividad, las integrantes abrieron un pequeño huerto comunitario en la casa de una compañera. Era un invernadero de 3×4 metros donde se cultivaron hortalizas como acelga, espinaca, lechuga, frutilla, perejil, romero, tomate, apio y acataya. Aunque el espacio era modesto, representaba un laboratorio vivo para enseñar, experimentar y fortalecer conocimientos vinculados a la tierra.

Ese huerto y los talleres, recuerda Graciela, fueron el inicio de un proceso de autodescubrimiento para muchas mujeres. Las madres que participaron se dieron cuenta de que producir alimentos no exigía grandes terrenos, sino tiempo, paciencia y acompañamiento. Muchas de ellas instalaron huertos pequeños en sus casas y aprendieron no solo sobre cultivo, sino también sobre autonomía alimentaria y economía familiar.

Además, el colectivo realizó visitas pedagógicas a ferias de productores agrícolas y recorrió otros huertos urbanos y periurbanos, con el fin de conocer nuevas experiencias de cultivo y fortalecer sus aprendizajes comunitarios.

La radio como herramienta de formación y voz colectiva

En paralelo, ese mismo año el colectivo incursionó en la radio. Ninguna tenía experiencia, pero Graciela, que trabajaba en ese momento en la UPEA (Universidad Pública de El Alto), vio una convocatoria y propuso intentarlo: “Necesitamos abrirnos camino”, dijo. Y así fue. Aunque al inicio hablar frente a un micrófono resultaba intimidante. “Yo no hablaba nada, era muy seria”, recuerda, la radio se convirtió rápidamente en una extensión del trabajo comunitario.

El programa permitió que madres, profesoras e incluso niños compartieran sus aprendizajes y dificultades sobre la alimentación y la vida cotidiana. De esta experiencia emergió uno de los espacios más entrañables del colectivo: “Desde la chacra de la abuela”, un microprograma conducido por niñas y niños de kínder y pre-kínder. Ellos contaban, desde sus propias voces, cómo comían en sus casas, qué cultivaban, qué aprendían de sus familias. La frescura y autenticidad de sus relatos transformaron el programa en un espacio de ternura, reflexión y aprendizaje intergeneracional.

Con el paso del tiempo, esos niños crecieron. Hoy son adolescentes que continúan participando en la radio, esta vez en el microprograma “Entre letras y risas”, que promueve la lectura y la creatividad. La conductora principal es la hija de Milenka, quien además participa en programas de formación de líderes juveniles. Para el colectivo, ver crecer a estas niñas y jóvenes dentro de la comunidad es uno de los logros más significativos de su trayectoria.

Crisis internas, pérdidas y resiliencia

Como todo colectivo que crece desde vínculos afectivos, Manos de Semilla también ha atravesado tensiones y momentos difíciles. En casi diez años, las integrantes han debido enfrentar discusiones internas sobre la organización del trabajo, la distribución de responsabilidades y la gestión del tiempo. Muchas mujeres ingresaron al grupo por algunos meses, pero lo dejaron al poco tiempo porque el trabajo era intenso y la retribución económica inexistente. La constancia ha sido un desafío transversal.

Uno de los golpes más duros fue la pérdida de Maya Sarmiento, hermana de Milenka, quien falleció joven. Su partida afectó profundamente al colectivo, especialmente a Milenka, que la había criado desde niña. Su ausencia dejó un vacío emocional y organizativo, generando un período de desorientación y repliegue. Para Graciela, estos últimos años han sido particularmente exigentes, pues le ha tocado “tirar del carro” sola en varios momentos, asumiendo tareas de coordinación, gestión y continuidad del proyecto.

La falta de apoyo externo también pesa. Algunas integrantes enfrentan presiones familiares y de pareja que cuestionan su participación en el colectivo: “Las ponen entre la espada y la pared: o escoges la comunidad o escoges quedarte en casa”, relata Graciela. Para otras, como ella, el desafío es convivir con críticas constantes de familiares que no comprenden la importancia del trabajo comunitario.

Aun así, la comunidad ha aprendido a tolerar los desacuerdos, a negociar desde sus diferencias y a sostener el vínculo incluso en los momentos de quiebre. “Tenemos un carácter difícil, cada una a su modo, pero hemos aprendido a conocernos”, dice Graciela.

Transformaciones personales y colectivas

El impacto del colectivo no se limita a los proyectos obtenidos ni a las actividades realizadas. Ha significado una transformación profunda en la vida de cada integrante. En el caso de Graciela, el cambio fue notable. Antes del colectivo, cuenta,  era una mujer silenciosa, reservada, con dificultades para hablar en público. Hoy se reconoce capaz de coordinar, expresar ideas y participar activamente en múltiples espacios. Lo mismo ocurrió con otras compañeras: si una sabía de cultivos, enseñaba a las demás; si otra manejaba estrategias educativas, compartía sus conocimientos. El aprendizaje circuló de forma horizontal y constante.

Esta construcción conjunta de saberes moldeó una forma distinta de activismo, menos centrada en la protesta pública y más enfocada en las transformaciones cotidianas: la crianza, la alimentación, la educación de las wawas, el cultivo de alimentos, la lectura, la palabra compartida, el acompañamiento emocional.

Mirar hacia adelante: sanar, crear y sostener

Tras casi una década de trabajo, el colectivo siente la necesidad urgente de sanar. Sanar las heridas que dejaron los conflictos internos, sanar los duelos, sanar los silencios acumulados. “Tenemos cosas que no nos hemos dicho, o que nos hemos dicho y nos hirieron. Nos hace falta tiempo para nosotras”, explica Graciela. Por eso, existe la posibilidad de tomarse un año sabático para atender la salud emocional del grupo.

Durante ese periodo —o en paralelo—, el colectivo planea fortalecer la creación de podcasts, como una forma más flexible y autónoma de continuar su labor comunicativa. Asimismo, buscan reforzar el enfoque de crianzas comunitarias, un eje central del proyecto que defiende la idea de que las wawas pueden participar en los procesos colectivos y aprender junto a sus madres.

Cada fin de año, Manos de Semilla realiza una evaluación interna y organiza un canastón comunitario armado con aportes mensuales. Ese momento no es solo una celebración, sino una oportunidad para revisar errores, reconocer logros y proyectar sueños para el año siguiente.

Un llamado abierto

Hoy, el colectivo hace un llamado a nuevas mujeres: jóvenes, madres, luchadoras, estudiantes, creativas, mujeres que quieran aprender y enseñar, que quieran sumarse al tejido comunitario y a la búsqueda de nuevas formas de vivir la crianza, la formación y la resistencia cotidiana.

Manos de Semilla no es solo un colectivo: es una experiencia de vida. Es el testimonio de que, incluso con pocos recursos, pero con la fuerza de la comunidad, es posible sembrar huertos, programas de radio, proyectos de aprendizaje y, sobre todo, vínculos que sostienen y transforman a quienes los cultivan.

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