Territorio Feminista: una historia de colectividad, aprendizaje y lucha

 

El Territorio Feminista tiene sus raíces en un proceso largo y diverso de construcción colectiva entre mujeres. Aunque su nombre se adopta formalmente en 2016, el origen de este colectivo se remonta a muchos años antes. Según relata Tania Quiroz, una de sus integrantes, el impulso para nombrarse de esta manera surgió como una respuesta directa a las críticas y al rechazo que enfrentaba el feminismo en ese tiempo, cuando los movimientos feministas crecían y se fortalecían.

Frente a ese contexto, asumieron el nombre como un acto político, de reivindicación y de identidad. Antes de ello, el colectivo había atravesado varias etapas y nombres, como “Encuentros y desencuentros” en el año 2000, “Tejedoras de Sueños”, “Samka Sawuri” en aymara, e incluso impulsaron iniciativas de comunicación, como el programa de radio “El juego de las manzanas”. El cambio de nombre fue, para ellas, un modo de convocarse nuevamente, de reconocerse en movimiento y de construir comunidad entre mujeres. Hoy se encuentran en un nuevo proceso de transformación, explorando la posibilidad de renombrarse como “Confluencias”, fieles a su historia de evolución constante.

Por su parte, Fátima, otra integrante del colectivo, complementa esta historia señalando que el Territorio Feminista también nace como resultado de un amplio proceso institucional que atravesaron como parte del Centro de Estudios Andino Amazónico Mesoamericano Bolivia (CEAM), vinculado a una sede mayor en México. Desde esa institución desarrollaron numerosas actividades, entre ellas un proyecto en la cárcel y un programa académico en la UPEA. Durante ocho años trabajaron con cinco carreras, brindando apoyo a mujeres indígenas migrantes en la elaboración de sus tesis y proyectos, acompañándolas tanto en lo académico como en el intercambio de saberes con docentes de otros países. Este proceso no solo fortaleció el aprendizaje, sino que cultivó amistades que permanecen hasta hoy.

Así, el Territorio Feminista no tiene un único momento de nacimiento, sino un proceso de múltiples etapas, nombres y experiencias que, poco a poco, fueron sembrando lo que hoy son. Su historia es una trama viva de encuentros, aprendizajes y renombramientos que siguen guiando su caminar colectivo.

Para Tania, desde su creación, Territorio Feminista ha transitado simultáneamente el activismo feminista y el trabajo institucional, dos caminos que siempre han avanzado en paralelo. Aun dentro del programa académico, nunca dejaron de promover la organización y el feminismo y, por eso, cuando se reencontraron con las compañeras en El Alto (Mujer Manos de Semilla), estas reconocieron que Territorio Feminista había sembrado en ellas el impulso de organizarse. Aunque el programa brindaba apoyo individual, la intención siempre fue que ese acompañamiento se fortaleciera como una fuerza colectiva, donde las mujeres pudieran sostenerse mutuamente. Así, en cada espacio y en todo lo que hacen, han buscado sembrar la semilla de lo colectivo.

Ellas y su territorio de intercambio de saberes

En sus inicios, Territorio Feminista llegó a reunir entre 12 y 15 integrantes, aunque actualmente son alrededor de ocho las que participan de manera más activa. Todas son de La Paz, aunque en algún momento también formaron parte una compañera de Cochabamba y otra de Argentina. Para ellas, el colectivo es un espacio abierto y en movimiento: no retiene ni condiciona a nadie, sino que posibilita que cada mujer encuentre y continúe su propio camino. Por eso, quien decide quedarse es bienvenida, y quien decide partir es despedida con amor y gratitud por el tiempo compartido, pues cada tránsito aporta algo valioso al proceso colectivo.

El primer proyecto que desarrollaron surgió a partir de un encuentro donde participaron compañeras como Verónica Gago y el colectivo Minervas del Uruguay, quienes llegaron para compartir experiencias y perspectivas. Este intercambio dio lugar a un conversatorio en el Cides, impulsado por el interés común por la investigación, ya que muchas de las integrantes de Territorio Feminista se han desarrollado en ese ámbito. Desde el principio, se propusieron “desordenar”: desordenar la academia, desordenar la política y cuestionar los espacios instituidos, guiadas por una compañera que constantemente las convocaba a romper estructuras.

El encuentro con Las Minervas resultó especialmente significativo, pues ellas también reivindicaban la importancia de dar sentido a las acciones desde la naturaleza y de nombrar de nuevas maneras lo que hacen. De esta manera, este primer proyecto se convirtió en un espacio de diálogo profundo entre feministas, investigadoras y activistas, marcado por la complicidad, la reflexión y el intercambio de saberes.

Entre los proyectos más destacados de Territorio Feminista se encuentran diversas iniciativas que surgieron para responder a momentos críticos y necesidades colectivas. Fátima recuerda que uno de ellos fue un encuentro de defensa personal impartido por una compañera de México, al que también se invitó a mujeres de otros colectivos y espacios, fortaleciendo la articulación entre distintos grupos. Otro proyecto significativo fue la elaboración de crónicas durante la pandemia, un ejercicio que permitió acompañarse, entender cómo vivían ese momento y registrar experiencias desde una mirada feminista.

Para Fátima, escribir sobre el personal de primera línea del Hospital del Norte fue especialmente impactante: presenció la saturación del sistema de salud, la muerte de pacientes sin acceso a atención y el agotamiento extremo del personal, que incluso dormía en el suelo. Relata también cómo muchos trabajadores decidieron quedarse en el hospital para no contagiar a sus familias, mientras enfrentaban la discriminación del entorno y, en medio de la crisis, el peso de la organización recaía nuevamente en las mujeres, a quienes se atribuía una supuesta “capacidad natural” de sostener el cuidado, algo que ella cuestiona profundamente.

Tania agrega que antes de las crónicas de la pandemia realizaron una serie de diálogos que dieron lugar al libro Desarmar la guerra y cuidar la vida, elaborado durante el conflicto político de 2019. Este proyecto buscó producir una voz propia desde las mujeres frente a la violencia, la polarización y las disputas de poder de ese periodo.

Posteriormente, continuaron con una investigación colectiva sobre la jubilación y el sostenimiento de la vida, motivada por la incertidumbre que atravesaban después de la crisis política y la pandemia. Muchas de ellas, ya mayores de 50 años, enfrentaban dificultades para encontrar trabajo y descubrieron que, pese a haber aportado durante 10 o 12 años, sus futuras pensiones apenas alcanzarían los 700 bolivianos, un monto indigno frente al esfuerzo realizado. Por ello decidieron discutir este tema no como una preocupación individual, sino como un problema estructural que afecta a todas las mujeres, cuestionando el sistema de cálculo de las pensiones y la manera en que se determina el monto como si todas fueran a vivir hasta los 100 años. Así, cada proyecto se convierte en un espacio para pensar juntas, denunciar injusticias y sostener la vida de manera colectiva.

Fátima señala que el tema de la jubilación evidencia otra forma de desigualdad estructural en la que las mujeres siempre pierden. Según explica, si una mujer está casada y tiene tres hijos o más, cuenta con ciertos beneficios, como la posibilidad de jubilarse antes o hacer menos aportes, pero aun así enfrenta limitaciones. En cambio, si es soltera, la situación es aún más injusta, pues debe afrontar sola la incertidumbre de quién cuidará de ella en la vejez y, en algunos casos, incluso recibe críticas o presión de su familia, como que “para qué ganas tanto dinero si no tienes hijos” o que debe contribuir más en la casa. Este ejemplo refleja cómo las estructuras sociales y económicas continúan generando desigualdad, afectando de manera diferenciada a las mujeres según su estado civil y sus responsabilidades familiares.

Tania profundiza en la desigualdad que enfrentan las mujeres frente a la jubilación, señalando que las casadas y madres pierden oportunidades de aportar durante los periodos de maternidad, mientras sus esposos acumulan aportes sin interrupciones. Esto genera que muchas mujeres solo puedan acceder a una pensión mínima, dependiendo incluso de la de sus esposos, y refleja cómo una preocupación individual se convierte en un problema colectivo. Además, este tema abre la discusión sobre otras crisis que atraviesan, más allá de lo económico: crisis organizativa, de los cuidados, emocional y de salud mental, derivadas de la incertidumbre de los tiempos actuales.

Frente a ello, Tania resalta la importancia de ampliar la mirada y de confluir con otras mujeres y colectivos que enfrentan luchas diversas, como las anticapitalistas o antiespecistas, para complejizar la comprensión de estas crisis y explorar estrategias colectivas. Así, la reflexión sobre la jubilación se inserta en un análisis más amplio sobre cómo sostener la vida, organizarse y crear respuestas colectivas frente a la incertidumbre y las desigualdades estructurales que afectan a las mujeres.

Los desafíos: seguir construyendo juntas

Territorio Feminista atraviesa actualmente un proceso de reflexión y reconfiguración interna. Así lo explica Fátima, quien señala que existen conversaciones pendientes y decisiones urgentes que el grupo necesita abordar para definir su rumbo inmediato.

Fátima comenta que varios debates han quedado en el aire, entre ellos la postura política del colectivo, la necesidad o no de un pensamiento unificado y la forma en que participan en otros espacios. “Creemos que no debe haber jerarquías, pero sí necesitamos a alguien que nos coordine”, afirma, recordando que este rol lo asumen, en distintos momentos, compañeras como Tania Quiroz, Dunia Mokrani y Patricia Chávez.

El grupo también analiza cómo integrar sus intereses personales y creativos al trabajo colectivo. Y más allá de los retos organizativos, Fátima resalta que la amistad sigue siendo el principal motor del colectivo. Reconoce que, aunque cada integrante tiene una trayectoria diferente —algunas desde la academia y otras desde la práctica comunitaria—, todas encuentran un espacio de aprendizaje en común. “Antes renegaba de la metodología, pero ahora entiendo su importancia. Cuando una cree que no puede, no va a poder; pero si encuentra los espacios adecuados, descubre que sí puede hacerlo”, expresa.

Citando una idea que la inspira, Fátima recuerda que “es un privilegio recibir retos que una no sabe hacer”, porque eso impulsa a crear lo que aún no existe, más allá de seguir instrucciones ya establecidas.

Aunque la rutina laboral y personal limita los encuentros frecuentes, cada reunión se convierte en un espacio valioso para compartir pensamientos, teorías y experiencias. “Nos une la amistad, los temas que trabajamos y el hecho de ser mujeres”, sostiene.

El colectivo continúa sus conversaciones internas para definir una hoja de ruta común y fortalecer los vínculos que las mantienen unidas.

En medio de un contexto de crisis que afecta a varias organizaciones y colectivas de mujeres, Tania reflexiona sobre los desafíos que enfrentan actualmente. Explica que las presiones cotidianas y la sobrecarga laboral dificultan mantener el nivel de organización que alcanzaban en años anteriores. “Antes trabajábamos en una sola cosa; ahora tenemos que trabajar en dos”, señala, mencionando las tareas domésticas, el ahorro y las compras como responsabilidades que consumen tiempo y energía.

Tania recuerda que entre 2016 y 2018 vivieron los años más fructíferos en términos de organización y consolidación del colectivo. Sin embargo, reconoce que hoy las circunstancias son distintas. “No voy a decir que somos unas viejitas, pero sí estamos envejeciendo y ahora siento que somos mujeres sabias”, afirma. Para ella, esta etapa implica una mayor claridad sobre lo que cada integrante quiere para su vida, lo que las va constituyendo como un grupo más reflexivo y maduro.

La integrante del colectivo señala que ahora las decisiones se toman desde un enfoque de cuidado: evaluar si se puede participar, cuánto aportar y en qué momentos estar presentes. Ya no están siempre disponibles como en la juventud, cuando acudían a todas las movilizaciones y actividades. “Tenemos que enfocar nuestras energías y cuidarnos, así como se cuida una plantita todos los días”, explica, subrayando la importancia de definir prioridades para el futuro.

Tania también destaca la relevancia de escuchar a las compañeras más jóvenes, especialmente a las que forman parte de organizaciones como la comunidad Manos de Semilla en El Alto. Además, menciona la “Comunidad de Saberes y Emancipaciones”, un espacio impulsado junto a estudiantes de la UPEA que, aunque continúa existiendo, enfrenta limitaciones debido al crecimiento de responsabilidades personales, como el trabajo y la maternidad.

A pesar de las dificultades para reunirse con la frecuencia de antes, Tania asegura que la vocación organizativa del grupo permanece intacta. “Siempre vamos a estar sembrando la semilla de que tenemos que organizarnos, escucharnos; es importante el colectivo”, afirma.

Tania destaca la importancia de la amistad y del apoyo mutuo como pilares fundamentales en su vida y en el trabajo organizativo que realiza junto a sus compañeras. Explica que, aunque no se ven todos los días, siempre encuentra en ellas un espacio de respaldo, consejo y complicidad. “Tengo amigas que siempre están ahí para apoyarme, para darme consejos, para hacer locuras también”, afirma con gratitud.

Su compromiso, asegura, va más allá de su propio círculo. Fátima expresa el deseo de que el colectivo continúe avanzando y trascendiendo, dejando huellas en la vida de otras mujeres y en las generaciones que vienen. “Si Dios quiere y nosotras también queremos, sigamos adelante, buscando mejores condiciones no solo para nuestra generación, sino para las que vienen”, señala.

Aunque no tiene hijos, Fátima explica que su motivación personal sigue firme, inspirada en su sobrina, a quien considera como una hija. Subraya que la lucha por los derechos de las mujeres no depende de la maternidad, sino de la convicción. En un contexto donde los feminicidios y la violencia continúan cobrando vidas a diario, considera urgente mantener la resistencia activa. “Todos los días mueren mujeres, y de la peor manera”, recuerda, enfatizando que los retos actuales pasan por conquistar condiciones de vida más dignas y seguras para todas.

Fátima se reconoce privilegiada por haber encontrado un espacio feminista donde pudo crecer, aprender y construir junto a otras mujeres. Pero también recuerda que muchas no tienen esas oportunidades. “Hay compañeras afuera que no pueden ni siquiera hablar ni exigir sus derechos. Hay mujeres encerradas en su casa o en su comunidad que sufren violencia todos los días”, lamenta.

Para ella, el mayor desafío es claro: transformar la vida y las oportunidades de aquellas mujeres que siguen en silencio y sin apoyo. Esa misión —asegura— continúa siendo el motor que guía el trabajo del colectivo.

Tania reflexiona sobre el momento personal y político que atraviesa, destacando cómo los más de veinte años compartidos con sus compañeras han marcado profundamente su vida. Explica que el trabajo colectivo no solo les ha permitido organizarse y crecer juntas, sino también abrir caminos individuales que, aunque distintos, siguen nutriéndose de la fuerza que construyeron como grupo. “Agradezco a mis compañeras las posibilidades que he tenido con ellas, los caminos que encontramos juntas y los que yo he podido seguir”, señala.

En esta etapa, Tania reconoce que su elección por el feminismo y por la vida en colectivo la lleva a un proceso más espiritual, vinculado con la tierra que habita. Afirma que este es un nuevo sendero que empieza a recorrer con mayor profundidad, un espacio de introspección, cuidado y conexión con lo sagrado de lo cotidiano. Aunque algunas de sus compañeras transitan ahora otros espacios, ella siente que la unión entre ellas permanece intacta. “Sabemos que siempre vamos a ser nosotras”, sostiene, dejando claro que el lazo construido no depende de la presencia constante, sino de la memoria, el afecto político compartido, el apoyo mutuo y el aprendizaje colectivo.

 

 

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